AMM/ enero 22, 2019/ Derecho internacional, España, Unión Europea/ 2 comentarios

La más alta y dilatada proyección de un español en el mundo

El pasado día 17 de enero fallecía en Madrid Gil Carlos Rodríguez Iglesias, juez del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (1986-2003) y su Presidente de 1994 a 2003. Dieciocho años en la institución europea que más ha contribuido a la integración real de los europeos. Y casi durante diez años –todo un récord en la reelecciones- fue su presidente. Ningún español ha estado tanto tiempo en una institución internacional del más alto rango y al frente de ella.

Este asturiano (Gijón, 1946), que estudió en la Universidad de Oviedo, llegó a la cúspide judicial europea por sus propios méritos a los cuarenta años. No por pertenecer a partidos políticos y aprovechar los beneficios del clientelismo partidario. Nadie le regaló nada.

Tras la Licenciatura, estuvo varios años en la Universidad alemana de Friburgo. Ya doctorado, y de la mano del maestro Manuel Díez de Velasco, prosiguió su carrera profesional en la Universidad Complutense de Madrid (1974-1982), con larga estancia postdoctoral en el Instituto Max-Planck de Heidelberg.

En 1982 logró la Cátedra de Derecho Internacional Público de forma competitiva –como se lograban antes, y no ahora por correspondencia rellenando casillas-. Tuvo un paso muy breve por la Universidad de Granada, apenas tres años; no obstante, el más fructífero de España pues dejó sembrada esa universidad, y luego las de Almería, Jaén y Cádiz, de discípulos de alta calidad.

En 1986 España ingresó en las Comunidades Europeas. El Gobierno de Felipe González buscó enviar a los universitarios más brillantes de los cuerpos del Estado o fuera de ellos para poblar las instituciones europeas con lo mejor de la España constitucional. Gil Carlos Rodríguez era el jurista español con un conocimiento refinado del complejo Derecho comunitario. Gil Carlos dominaba el francés (el Tribunal solo delibera en esa lengua), el inglés y el alemán a la perfección.

En la cumbre judicial europea, ya fuera como ponente, ya como Presidente, influyó en grandes sentencias que han cambiado el rumbo del Derecho en el mundo. Baste recordar la sentencia Francovich que inició el principio de la responsabilidad patrimonial del Estado por incumplimiento de normas de la UE. O las sentencias que darían un giro espectacular a la tutela judicial efectiva de los derechos, incluida la suspensión cautelar de leyes de poderosos parlamentos nacionales. En una situación de urgencia, conforme a los tratados -sin necesidad de reunir el Pleno-, ordenó al Presidente de Alemania suspender una Ley federal a fin de proteger los derechos de las personas (transportistas).

Rodríguez Iglesias era un hombre extremadamente educado, prudente y discreto. Un hombre tranquilo e íntegro. Consciente de la trascendencia de su labor judicial, no era dado a cultivar los medios de comunicación ni la vida política interna. No volvía a España para pastorear con políticos y buscar acomodos para su futuro. Era un jurista muy apreciado fuera de España y tuvo innumerables distinciones de los mejores colectivos de juristas y de instituciones públicas en el Reino Unido, Alemania, Italia, Francia, Estados Unidos, Irlanda, Grecia y otros muchos países. 

Aquella generación de españoles de la transición, que daría proyección e influencia internacional a España hasta el siglo XXI, fue una excepción en nuestra Historia. Hemos vuelto a desdeñar los méritos de las personas preparadas por culpa del clientelismo de los partidos o del secular dominio de los “linajes” familiares. La falta de igualdad de oportunidades por origen socio-económico y vinculación política condena a la muerte civil a lo mejor de España. Ese clientelismo ha contribuido al declive internacional y europeo de España y a su mediocre clase política interna.

Cuando el Presidente Rodríguez Iglesias regresó a España en 2003, ninguna institución política española fue capaz de poner al servicio de nuestro país su capital jurídico y de reconocimiento internacional. Al menos la Universidad Complutense de Madrid le ofreció volver a sus aulas en un concurso de traslado. Hoy ni tan siquiera sería posible algo así frente a los chusqueros -atrincherados sin enseñar ni investigar, y sin competir- en la decadente universidad española. Incluso años más tarde un ministro no diplomático de Asuntos Exteriores de Rajoy se permitió ser despectivo con el español que más prolongada presencia e influencia jurídico-internacional ha tenido España.

A Europa, a sus compañeros y amigos, a sus discípulos, siempre nos quedará la satisfacción de la integridad de un ciudadano ejemplar de España.

2014. Paraninfo UCM

Araceli Mangas Martín.

La versión publicada en EL MUNDO, 24 de enero de 2019. Leer PDF

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2 Comentarios

  1. Buenas tardes.

    Soy un antiguo alumno de la Facultad de derecho de Salamanca, que lo poco que sabe de Derecho internacional se lo debe a tus clases y a tus publicaciones.
    Por favor, escribe cuanto antes sobre la crisis de. Venezuela. Hay mucho desinformado por ahí hablando “ex cátedra ”

    Un saludo

  2. Araceli, su artículo sobre Gil Carlos me ha emocionado. Aunque nunca hablé con él, le ví en aquellos cursos interesantísimos de Derecho Comunitario de la Universidad de Granada. También fué allí donde empecé a disfrutar con las ponencias de Vd, y lo sigo haciendo con todos los artículos que publica en El Mundo.

    Hace años -creo que todavía era Presidente del TJUE- estábamos mi mujer y yo paseando por un pueblecito del norte de León, Cabornera de Gordón, y nos cruzamos con Gil Carlos, que estaba haciendo lo mismo con su esposa y una pareja amiga. Ni coche oficial, ni escolta, ni el menor atisbo de esa obscena escenografía que tanto cultivan los pelagatos. No pude menos que comentar a unos amigos que encontramos que estaba allí el Juez mas importante de Europa y que, sin embargo, no era posible distinguirlo del resto de los veraneantes de clase media y media baja que buscan la preciosa montaña leonesa para respirar aire puro (los asturianos solemos decir que “vamos a secar” a León). La siguiente y última vez que vi a Gil Carlos fue en verano, ya no se si el pasado o el de 2017, en la calle Munuza, de Gijón. Estaba seriamente deteriorado, se veía que padecía una grave enfermedad degenerativa, hasta el punto de que dudé de que fuera él, pero tras haber leido recientemente en la necrológica lo relativo a su enfermedad, las dudas se han disipado. Iba del brazo -y conducido- por la que supongo sería su esposa.

    En su artículo elegíaco se deja claro que, quienes debieron haber aprovechado los conocimientos y experiencia de Gil Carlos, no lo hicieron, y no sería descartable que la envidia sea el elemento subyacente – si no el determinante- de ese comportamiento, pero tengo la sensación de que la vida tampoco fue justa con él. Con salud, podria haber seguido dando magnificos frutos hasta una edad avanzada -no hay mas que ver a Velarde Fuertes-, pero ni eso. El dia que leí en el periódico que había muerto, sentí como que el fallecido era un amigo, aunque nunca hubiera intercambiado con él una sola palabra.

    Que la tierra le sea leve.

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